¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender
de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se
miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.
Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo
que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿Podemos inventar hacia atrás?
¿Que pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un
mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes
electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado
pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber
documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los
procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí
se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no
sólo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su
llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el
nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con
manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al
modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de
gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que sólo funciona
mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia
física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y
que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los
autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las
páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un
libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían
encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían
buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Sólo los tradicionalistas extrañarían
la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas
partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos
detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción
para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en
advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación
empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y
aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en
un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos
representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les
pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven
por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos.
El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros
nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una
tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado.
Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a
nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, como México,
D. F., el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni
electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad
electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo
interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada
libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un
depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio
irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco
intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos.
Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero
también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que
desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato
que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo
regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word que comenzara con
una cariñosa dedicatoria a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para
ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se
inventara hoy, sería mejor.
Juan Villoro (Escritor y periodista mexicano)
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